Magia

¿Dirías que las tablas de surf son simplemente cosas? No, ¿verdad?. Seguro que piensas que son algo más. Crees que esa alma de madera que las cruza longitudinalmente encierra una fuerza espiritual desconocida. Que sus reacciones no sólo son consecuencia de sus formas. Que trascienden la física y la hidrodinámica. Que hay algo ahí dentro, un aliento místico que palpita en su interior y las dota de rasgos casi humanos.

Tiene que ser así. Eso explica que la gente hable de tablas mágicas. Todos los surfers que se jacten de serlo han tenido una. Esa que surfeas un día y, de pronto, los planetas se alinean, el Universo entero focaliza en un punto y todo fluye. Miras el labio, piensas la maniobra y la tabla hace el resto. ¿Verdad?... Si, esas cosas existen. Tienen que existir.

También hay tablas malditas, por supuesto. Esas que nunca se adaptan a las olas ni al surfer. Antipáticas, malhumoradas, perezosas. Consiguen bajarte la autoestima. Te caes sin saber porqué. Te entran dudas y dejas escapar las mejores de la serie. Y ahí están ellas, perfectas, relucientes. Casi puedes sentir su burla mientras remontas después de un wipe out. Malditas...

Sí, definitivamente las tablas tienen espíritu. Algo que se transfiere a la materia con la intermediación del shaper. Una fuerza que interactúa con tu karma y se combina con él. Es pura mística. Por no hablar del eterno retorno en que está sumido el mundo del surf: bonzers, twinfins, singles y, ¡oh, Dios!, alaias. Eso sí que es lo máximo. Ya no sólo es la influencia del shaper, es la sombra alargada de incontables generaciones de surfers. Una vuelta a las raíces del deporte, cuando los reyes hawaiianos montaban las olas ante el Capitán Cook y su mugrienta tripulación de demonios blancos. Toda la pureza de las aguas cristalinas del pacífico, el valor de los primeros polinesios, la autenticidad de unas gentes en perfecta armonía con la naturaleza, volcada sobre el alma de madera de una tabla de surf. ¿Lo sientes?, ¿sientes el poder?...

Pues desengáñate, porque todo eso son idioteces. Las tablas no son mucho más especiales que el sofá en el que me siento o el teclado que estoy aporreando mientras escribo esto. No tienen alma ni sentimientos. Son trozos de espuma recubiertos de resina. Son la conclusión de un trabajo acumulado de ensayo y error, donde la intuición ha tenido siempre más peso que la ciencia. Las tablas son cosas, simplemente. Cosas divertidas, pero cosas al fin y al cabo. No poseen ninguna cualidad más allá de sus materiales y sus formas. No son mágicas.

Si la tienes, amigo mío, la magia la pones tú.

**Escribí este artículo para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada. El original se tituló "Magic".

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