El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados...
El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados por un viejo taxista que no parecía de fiar. La entrada del almacén estaba en la parte trasera del edificio. El taxi se detuvo y el viejo les acompañó por un angosto callejón que lindaba con el edificio contiguo. Giraron y al llegar al patio trasero les sorprendió ver un jardín perfectamente cuidado, un comedor con sillas de madera bajo un cenador de lona y una pequeña piscina. Aquello no tenía nada que ver con el mal estado de la entrada principal del edificio. Era un pequeño oasis resguardado del viento en medio de uno de los peores suburbios de la ciudad.

-Jimmy, ¿estás ahí?- gritó el viejo.

Un momento después, asomó de la puerta del almacén la cabeza pelada y sonrosada de Jimmy Sontack.

-¿Qué pasa?- saludó con una gran sonrisa, estirando exageradamente la ese.

-Te traigo un par de clientes- dijo el viejo señalando a Mike y Andrea que saludaron tímidamente.

-¡Pasad! Bienvenidos a mi casa- dijo Jimmy terminando de abrir la puerta.

Entraron despacio, observando con mucha atención todos los detalles de la estancia. Esperaban un almacén sucio y desordenado pero en su lugar encontraron un salón muy acogedor. Había algunas fotos colgadas en la pared con escenas de surf y un montón de tablas perfectamente alineadas. En una esquina una enorme librería aguardaba atestada de libros y recuerdos de infinitos viajes. En el centro del techo una gran claraboya se abría a un torrente de luz natural que iluminaba toda la estancia. Sintieron una agradable sensación de hospitalidad, como si conocieran el lugar desde siempre.

Jimmy les acompañó a través del salón hacia otra habitación donde había colocado un pequeño despacho y les invitó a sentarse. Sacó un viejo cuaderno del escritorio, buscó una página en blanco y se preparó para tomar notas.

-Bien chicos, decidme que os trae por aquí- preguntó enarcando las cejas y esbozando una sonrisa.

Mike y Andrea se miraron y con un gesto casi imperceptible y muy femenino, ella instó a Mike para que hablara por los dos.

-Eh… bueno… hemos venido a hacerle un pedido. Queremos que nos haga una tabla a cada uno.

Jimmy les miró con curiosidad. Ninguno parecía haber pasado los diecisiete. Su viejo taller hacía casi dos décadas que había dejado de tener éxito. Ya casi no se producían tablas allí y Jimmy se ganaba la vida vendiendo viejas reliquias a snobs enamorados del surf clásico. Pero esos chicos no parecían ese tipo de surfista.

-¿Por qué yo?... estáis en una de las capitales mundiales del surf. Hay un montón de talleres de shape y seguro que casi todos son mejores que éste.

-Tenemos nuestras razones, señor Sontack. Conocemos su trabajo y nos encanta. Queremos que usted nos haga esas tablas.

-Por favor- añadió Andrea, mirando a Jimmy con los ojos azules abiertos de par en par.

Jimmy les miró sorprendido. No se parecían en nada a sus clientes habituales y pensó que allí había gato encerrado. Sin embargo, pudo más su curiosidad. Además, al fin y al cabo eran clientes y no estaba el negocio como para rechazar un trabajo.

-Está bien, lo haré.

Mike y Andrea se miraron aliviados. En los siguientes diez minutos Mike desgranó uno por uno todos los detalles de las tablas. Jimmy no dejó de tomar notas a la vez que imaginaba mentalmente las proporciones. Aquel chico le estaba describiendo una joya. Una tabla para olas potentes, equilibrada y progresiva. Y para la chica un shape más refinado y polivalente.  La cantidad de medidas, curvas y proporciones que describía Mike abrumaron a Jimmy.

-¿Os vais a las islas o qué? ¡Esto que me estáis pidiendo es muy radical!

Los chicos se rieron al oír ese adjetivo que ya nadie usaba, pero que a ellos les resultaba tan familiar. Un destello de orgullo les cruzó la mirada. Pero no contestaron. Sencillamente Mike siguió dando detalles cada vez más precisos sobre las tablas. Cuando hubo terminado, se recostó en la silla y esperó ansioso la reacción de Jimmy.

-Esto va a ser un reto, ¡ya lo creo!... ¿Dónde has aprendido tanto sobre diseño de tablas?.

-Supongo que mirando… Me encanta surfear.

-¡Y a mí!- aclaró sonriente Andrea.

-Ya veo, ya veo… Sigo pensando que aquí hay gato encerrado, pero ¡demonios!, si consigo fabricar lo que me pides ¡voy a rejuvenecer diez años!

Los tres rieron relajados. Andrea miró a Mike un momento y reconoció en sus ojos un sentimiento propio: ambos se hubieran quedado toda la tarde allí, viendo trabajar a Jimmy y escuchando sus historias sobre olas y aventuras alrededor del mundo. Nada les hubiera gustado más. Pero no podían. Tenían que volver a casa. Así que aclararon algunos temas sobre los plazos de entrega, acordaron el precio y se despidieron de él.

...

Tres semanas más tarde Mike y Andrea volvieron al taller tal como habían acordado. Jimmy les esperaba impaciente. Había sido un trabajo duro con escaso margen para la improvisación, pero el resultado era inmejorable.

Cuando traspasaron el umbral del taller, vieron las relucientes joyas apoyadas en la pared del fondo. La de Mike era tres pulgadas más larga que la de Andrea, con cantos afiladísimos y un pin tail que hacía soñar con tubos con sólo mirarlo. Por toda decoración Jimmy pintó lo que Mike le había indicado: una M mayúscula roja. La de Andrea lucía un A en color verde. Eran de una pureza de líneas casi mística. Verlas te trasladaba a arrecifes de coral bañados por el Índico. Eran la perfección.

Mike y Andrea las acariciaron en silencio, admirando los detalles. El polvillo sobre el plug del invento denotaba su reciente creación. El leve y dulce olor de la resina las envolvía. Algo sobrenatural parecía latir en su interior.

-Son magníficas…- acertó a decir Mike mientras seguía el contorno de la M mayúscula con los dedos.

Una sensación difícil de explicar les sobrecogió a ambos y cruzaron sus miradas con la de Jimmy, brillantes de pura emoción.

-¡Muchas gracias!- susurró Andrea y con un gesto de infinita ternura abrazó con cariño a un sorprendido Jimmy.

Los tres rieron con ganas. Mike y Jimmy se dieron la mano.

-Algún día tendréis que volver y explicarme que ha sido todo esto. Estoy ante mis dos mejores creaciones y resulta que han sido dictadas al detalle por un chaval adolescente y su curiosa amiga…

-Hermana, - interrumpió Mike – su curiosa hermana.

Se despidieron y Jimmy volvió a su taller, profundamente intrigado.

...

Mike y Andrea llegaron a casa bien entrada la noche. En el sofá dormitaba su madre. Ambos la besaron y, sin hacer ruido, salieron por la puerta de atrás y siguieron hasta el cobertizo que tenían en el jardín. Abrieron la puerta y vieron las herramientas de su padre esparcidas alrededor de un blank de foam a medio moldear. En la pared había infinidad de esquemas y dibujos, listas de medidas y de materiales. Ambos los admiraron de nuevo, tal como llevaban haciendo desde hacía semanas. Uno tras otro fueron observando los bocetos, deteniéndose en cada uno como si anduvieran por un museo. Cuando llegaron al último ambos se miraron. Una M roja y una A verde lucían pintadas sobre el dibujo de dos tablas.

-Ya está papá -murmuró Mike- Gracias por nuestro regalo.

Y al salir del cobertizo miró al cielo estrellado buscando el guiño de su padre.

**Escribí este cuento, con el mismo título, para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada.

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