Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemen...
Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemente mientras explicaba la historia y cuando se detenía para recordar algo concreto o buscar la palabra adecuada, hacía un mohín inconsciente con los labios, un gesto entre disgustado e infantil que a mí me parecía mágico.

No recuerdo mucho de lo que hablaba, pero sí recuerdo el movimiento de sus manos, la ruta que marcaban algunos mechones sueltos hacia su pecho y aquella nuca que sólo dejaba entrever cuando jugaba con su pelo y que me hizo pensar en un claro de luna en el bosque, con sus delicados misterios.

Miré por la ventana un instante, lo justo para ver los árboles del parque agitándose en el viento cálido del verano. El sol estiraba las sombras y por la calle las personas, los coches y la vida pasaban sin cesar. Pero volvió a hablar y la miré de nuevo. Ahora explicaba algo divertido y una luz nueva se reflejó en sus ojos. Rió con franqueza y su risa detuvo el tiempo.

Lástima que aquella risa, aquella historia y aquel lenguaje oculto de gestos, miradas e intenciones fueran para el hombre que la acompañaba y no para mí. Pensé en nuestras líneas de tiempo viajando paralelas, juntas pero sin cruzarse jamás; víctimas desesperadas de una cruel asincronía.

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