26.7.11

Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad parecía un escenario vacío. Acababa de dejar a Jota en el portal de su casa y como no me invitó a subir, me fui celoso y contrariado. Seguí por el retrovisor el baile de sus rizos castaños mientras subía los tres escalones y la maldije en silencio. ¿Cuántas cenas más necesitaba para entregarse por fin? Yo sabía que le gustaba y ella a mí me volvía loco. No era muy inteligente, es verdad, pero tenía otras virtudes. Era divertida. Y guapísima. Pero ya me estaba cansando. Con las mujeres indecisas me ocurre algo parecido a cuando se te pasa la hora de la cena y dejas de tener hambre. Con ella estaba a punto de pasar por encima de esa línea roja.

Zumo de naraja, café y tostadas

21.7.11

¿Por qué estos tipos viven al margen de la sociedad persiguiendo algo tan inmaterial como el movimiento sobre el océano?. ¿Por qué arriesgan su vida por una sensación tan difícil de concretar, tan inexplicable?. ¿Por qué es tan fascinante algo que empuja tus límites más allá de lo humanamente comprensible?

Only a surfer knows the feeling...


(Via Surf30 - La mejor marejada registrada en Cloud Break en los últimos 20 años)

Only a surfer knows...

14.7.11

Hoy, último día de curro antes de las vacaciones, toca entrada de narcisismo surfero. Estuve viendo imágenes antiguas de mis andanzas en el mundo del surf y me dí cuenta de cuánto esfuerzo, pasión y tiempo le he dedicado a este deporte. Cada imagen capta un momento efímero que para mí tiene un significado especial. Todas son de la segunda mitad de la década del 2000 y fueron tomadas por Ivana (¡gracias!).

Despegando en una ola del Sur de la isla, fácilmente identificable.
Pocas veces funciona así de bien. Nunca la encontrarás con tan poca gente. Serendipia surfera.

Álbum de surf
7:20

Álbum de surf

11.7.11

-Y de aquello, ¿tú que recuerdas?

Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo. Él bajó la vista y se quedó mirando el cerco de agua que la condensación había dibujado sobre la mesa de cristal. Parecía reflexionar la respuesta.

¿Qué recuerdo?, pensó. Recuerdo tu rostro recortado contra el cielo azul más limpio que he visto en mi vida. Recuerdo el brillo iridiscente de tus ojos. Recuerdo las lunas de agosto que contemplamos sobre el puerto, mientras volvíamos a casa después de exprimir la noche. Recuerdo la calidez de tu piel, el tacto de aquellas manos que se buscaban a tientas, tu aliento febril cuando apenas conseguíamos llegar al dormitorio. Tu dulzura casi adolescente. Tu risa. Recuerdo la tarde de septiembre cayendo sobre el andén. Recuerdo la desorientación de la despedida. Recuerdo todo lo que quise decirte y no te dije. Las cartas que escribí y nunca mandé.

-En realidad- dijo mientras borraba el cerco de agua con el dorso de la mano - no recuerdo demasiado. Ha pasado mucho tiempo.

-Sí, mucho tiempo- respondió ella volviendo a dejar el vaso sobre la mesa.

Un silencio incómodo condensó la atmósfera a su alrededor. El aire se hizo impenetrable de repente. Pasaron unos segundos que a él le parecieron años, hasta que se acercó a la mesa un hombre vestido con traje oscuro.

-¿Vienes, cariño?- dijo mientras pasaba su mano por la espalda desnuda de ella.

En ese momento él volvió a ser consciente de todo lo que les rodeaba. Las risas, las conversaciones, la música demasiado alta. Miró a través de las enormes cristaleras que daban al jardín y observó a los invitados que disfrutaban de la fiesta junto a la piscina.

Ella cogió su vaso y se levantó despacio, envuelta en el vapor de su vestido. Se alejó de la mano de su marido y cruzó las puertas que daban al jardín. Él se quedó ensimismado mirando fijamente la mesa y, con un gesto inconsciente, borró de nuevo el cerco que el vaso había dejado sobre el cristal.

Recuerdos

7.7.11

Bajó al sótano con pasos cansados. A sus 57 años los esfuerzos eran cada vez más penosos. Empujó la puerta que se abrió lentamente. Las bisagras se quejaron como despertando de un largo sueño. A su alrededor las telarañas y el polvo registraban impasibles el paso del tiempo. Echó un vistazo en la oscuridad y distinguió la silueta de los muebles, los trastos viejos y los libros amontonados.

Una bombilla desnuda que pendía del techo se agitó en la corriente de aire. Buscó el interruptor a tientas y cuando lo encontró, la luz parpadeó indecisa hasta llenar la estancia de un resplandor amarillento.

En la pared del fondo, entre desconchones de pintura, estaba colgado su viejo neopreno. A un lado, apoyada entre una vieja cómoda y un montón de periódicos de tiempos mejores, estaba su tabla. La miró un instante y apartó la vista. Pero no pudo evitar que el recuerdo de una ola asaltara su memoria. Sonrió con la sonrisa más triste del mundo. Recordó esa ola, la que fue la última sin que él pudiera saberlo.

Aquella tarde de septiembre, cuando volvió a casa con el pelo aún mojado y se encontró a Lucía en el portal con lágrimas en los ojos, aún no sabía que las olas no romperían nunca más. El hijo era suyo. La responsabilidad también. Eran otros tiempos. Un hombre debía actuar como tal. Trabajar y sacar adelante a la familia.

Ahora había pasado mucho tiempo y los recuerdos se habían vuelto viejos conocidos a los que no le gustaba encontrarse. La lucha diaria formando parte de un sistema gris había dejado de tener sentido. Hacía años que sencillamente se dejaba llevar. Sin discutir, sin buscar, sin ver. Solía pensar que en realidad llevaba años muerto.

Murió una tarde de septiembre con el pelo mojado y el alma en los pies.

**Escribí este cuento para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada. El original se tituló "Mal Final".
El sótano
7:49

El sótano

5.7.11

El surf es un deporte muy simple. Coges tu tabla, el bañador o el traje y al agua. Sólo cuentas con tu fuerza y tu destreza, nada más. Pero la tabla, nuestro gran fetiche, tiene una influencia innegable en el proceso. No es lo mismo un long que una short. No es lo mismo un fish espesote que un minigun para olas huecas. La mayoría de nosotros nos devanamos los sesos pensando en media pulgada más de anchura, en algo más de rocker, en la combinación de quillas, en añadir algún channel... Y detrás de eso hay largas horas de investigación, largas conversaciones con los colegas y mucho entusiasmo.

Pero para Ray Burch es, si cabe, aún más simple: un trozo de foam de 4'10" sin quillas, sin stringer, sin fibra y sin invento:

Simplicidad

1.7.11

El sol matutino no mitigaba el hastío que se respiraba en el interior del bus de línea. Caras largas y bostezos mal disimulados eran el paisaje desolador de las 7:30 de la mañana.

Observaba a sus compañeros de ruta, viejos (des)conocidos casi todos: el rocker flacucho con gafas de Elvis, la señora rancia, el barbudo serio, los hermanos con uniforme del colegio católico, la discreta morena del libro, la chica argentina espectacular, el chico de los auriculares... Pensaba que todos ellos, al igual que él, estaban mirando al resto. Eran conjuntos disjuntos con una única intersección en el bus de las 7:30. Más allá de esa conexión todos tenían una vida que permanecía desconocida para los demás. Con sus aspiraciones y sus deseos. Todos se habían enamorado y todos habían sentido alguna pérdida. Habían vivido peligros, habían peleado y gritado. Habían sentido euforia y pena. Habían engañado. Habían deseado lo que no podían alcanzar y habían despreciado a quién les deseaba. Habían sido crueles y espléndidos. Magníficos todos en su singularidad.

Intersección a las 7:30