El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la al...
El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la almohada para echarle un vistazo y vi a Ivana esperando apoyada en el marco de la puerta. El tipo comenzó a hablarme con un fuerte acento cubano y bromeó sobre mi lastimoso estado. Reuní unas pocas fuerzas más y me incorporé del todo. Creo que incluso conseguí sonreír. Pero no lo recuerdo muy bien.

Llevaba más de seis horas superando los 39ºC de fiebre y mi cuerpo era un templo erigido en honor al sufrimiento y la tortura. Estaba confundido, sudoroso y sin fuerzas y parecía que los huesos se iban quebrando poco a poco dentro de mí, lacerando músculos a su paso.

El médico me miró la garganta, me auscultó por encima, descartó la meningitis moviéndome el cuello y se fue al cabo de un rato. Le oí hablando con Ivana en el salón, haciendo chistes y comentando nosequé del tiempo. Después me dormí.

Al cabo de un rato Ivana me trajo algo de cena que no pude tragar y me volví a dormir. Y entonces empezó todo. En una especie de transición invisible la realidad y la pesadilla se confundieron. La fiebre alta acentuó el efecto. Tenía que seguir las instrucciones que me había dado el médico. Transacciones de cojines y fórmulas matemáticas. Quedó muy claro que al final sólo podían quedar dos cojines: uno para entregar y otro para recibir que se anularían entre sí.

Estaba tumbado en nuestra cama, pero yo me vi rodeado por infinitos cojines: tenía cojines debajo, a la derecha, a la izquierda y por encima. No me dejaban respirar. Apenas conseguía recordar las fórmulas que me dio el médico para hacer los cambios. Iba cambiando uno de sitio, luego otro y otro, ahora el de más allá, pero el primero siempre volvía a aparecer. Me convertí en el Sísifo de los cojines, atrapado en un bucle infinito de desesperación. Estuve horas así, horas de baldío esfuerzo mental, empapado en sudor, girando sobre mí mismo, experimentando un dolor salvaje en los huesos y la garganta, cambiando cojines imaginarios de sitio.

Me desperté de madrugada. Pero mi mente no despertó con mi cuerpo, así que me fui a la cocina tambaleándome por el pasillo, haciendo cálculos imposibles, apoyado en las paredes, muerto de sed. Bebí agua y me volví a acostar. Y allí estaban esperándome los cojines.

Creo que no volví a dormirme, al menos no profundamente. Estaba en una duermevela semiconsciente en la que sabía que estaba enfermo, dolorido y tumbado en la cama, pero seguía convencido de que debía eliminar cojines. Sudé dos vidas hasta que se hizo de día.

Por suerte la luz blanquecina del alba obró un efecto balsámico en mi pesadilla y pude distinguir realidad de fantasía de manera clara por primera vez. Me desperté empapado y terriblemente cansado. La fiebre había bajado a 38 y me sentía algo mejor.

Yo no creo en Dios ni en el Infierno. Pero si existe seguro que se parece mucho a esto. El día después la fiebre volvió a subir a 39, pero pude controlarlo mejor. Vino de visita el buen marino y, antes de irse, me dijo con su habitual retranca: "hala, ya puedes ponerte el neopreno e ir a coger olas... con lo que te presta".

Tuve la tentación de tirarle un cojín. Pero no lo hice.

2 comentarios:

  1. Hòstia nen. He rigut molt amb el tema dels coixins. Em sap greu perquè segur que no estaves per massa rialles. Què cony és això del canvi de coixins? Medicina popular cubana?
    Cuida't molt i recupera`t. Una aferrada.

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  2. Ep Xisco! Ja estic recuperat d'això... ara tenc un estremer que me dóna pes sac finament... ;-) Aquest fred ens matarà, Mestre.

    Una aferrada, Xisco!

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