-¿Y cómo fue? -Pues imagina. Allí estábamos de pie en medio del bar. Nos habíamos separado del grupo e intentábamos mantener una convers...
-¿Y cómo fue?

-Pues imagina. Allí estábamos de pie en medio del bar. Nos habíamos separado del grupo e intentábamos mantener una conversación por encima de la música. Yo seguía embobado con ella y pensé en ir un poco más allá.

Se tomó su tiempo para dar un trago a la cerveza que compartían y acentuar el dramatismo de la pausa.

-Hice lo que cualquier tío en mi situación hubiera hecho: extender el plumaje de pavo real. Ya sabes, dar mi mejor versión. Tratar de dirigir la charla, hacerla interesante y divertida. Intercalar sonrisas, miradas más largas y fijas de lo normal. Toda una conversación sin palabras que apoyara mi discurso. Ponerme un lazo y colocarme en el expositor, en definitiva.

Su amigo rió con ganas, imaginando la patética representación.

-¿Y ella que hacía?

-Pues mirarme. Con esos ojos verdes abiertos de par en par, con una mezcla de incredulidad y fastidio. A mí me parecía ver todas sus expectativas cayendo una tras otra como fichas de dominó mientras escuchaba cada estupidez que se me ocurría.

-Y te dio puerta, ¿no?

-No. Eso fue lo sorprendente. Yo estaba ahí esforzándome en parecer más de lo que soy, obsesionado por gustarle, y ella simplemente se puso de puntillas y me calló besándome en lo labios. ¿Entiendes? Ésa fue su aportación al asunto: ser espontánea, fiel a sí misma. Auténtica. En un segundo habló más alto y más claro de lo que yo fui capaz en diez minutos.

-¿Un beso?- rió entre dientes su interlocutor -¿Y eso fue todo?

El otro cogió de nuevo la cerveza y dio un largo trago, asintiendo.

-Tú lo has dicho: fue todo. Y lo fue porque después, escucha bien lo que te digo, no existió en el mundo ninguna otra cosa.

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