Llegué a la playa después de mal comer un bocadillo y apretar el acelerador por carreteras secundarias. Quedaban pocas horas de luz y no h...
Llegué a la playa después de mal comer un bocadillo y apretar el acelerador por carreteras secundarias. Quedaban pocas horas de luz y no había tiempo que perder. El viento soplaba de la peor dirección posible y, aunque no era fuerte, destrozaba el mar de fondo. Algunas olas se alzaban prometedoras, pero terminaban rodando sin orden en un caos de espuma gris.

Salí del coche y el frío me cogió por sorpresa. Habíamos tenido un principio de otoño casi veraniego y el cambio fue brusco, a traición. Me puse la capucha y hundí las manos en los bolsillos mientras caminaba hasta un saliente de roca situado frente al pico. Nadie en el agua. Frío. El sol a punto de ocultarse tras las montañas. Dudas.

Paseé un rato por los alrededores, comprobando un par de olas cercanas. Misma situación. Mismas dudas. Miré el reloj. Era tarde. Siempre es tarde en otoño. Volví al coche y miré por última vez una ola babosa rompiendo contra el saliente de roca. Arranqué y me largué de allí llevado por mil demonios.


Y ahora, mientras escribo esto siento en el estómago una punzada de arrepentimiento por no haber entrado. Pienso en la complejidad de la vida. En las infinitas cavilaciones ante una decisión. ¿Será la mujer de mi vida?, ¿debo viajar o quedarme?, ¿me apetece tener hijos o no?...

Pues nada de eso se puede siquiera comparar a devanarse los sesos mirando una ola con mal viento.

Nada.

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