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Si existe una pregunta difícil de responder ésa es qué es el surf. No hay una respuesta estándar. Hay una para cada surfista, una person...
Si existe una pregunta difícil de responder ésa es qué es el surf. No hay una respuesta estándar. Hay una para cada surfista, una personal e intransferible para cada individuo que alguna vez ha dibujado trazadas sobre la pared de una ola o se ha sumergido en lo más profundo de un tubo. Por eso el surf y al arte han ido siempre de la mano: porque son hermanos gemelos. Indistinguibles en muchos aspectos, como ese misterio que subyace en su esencia. ¿Qué es el arte?. Tampoco encontraréis una respuesta única para esa pregunta.

Desde el principio arte y surf han crecido juntos, influyéndose el uno al otro, aportando ambos en un maridaje que busca siempre la expresión de la belleza, la rebeldía y la autoafirmación. Drew Kampion escribió: “el surf es la obra de arte de un hombre que esculpe una ola con una tabla. La ola se estrecha forzando un puño de fuerza y el surfista se interna en el tubo para saludarla. El músculo se relaja, el puño se abre y se retira; el surfista se aleja de la cara abierta de la ola y regresa a la orilla dejando un rastro de beato desprecio en forma de arco perfecto. Desde el punto de vista de un artista es algo precioso”. Ahí reside la esencia del surf y el arte. Podría decirse que son parte de un mismo todo.

Hoy el surf art ya no es una éxotica mezcla forzada por bichos raros adictos al salitre, sino un género artístico sólido y establecido con renombrados artistas internacionales y una evolución que experimenta un auge sin precedentes. En los inicios los surfistas se convertían en artistas para poder expresarse también fuera del agua. Hoy también se explora el camino inverso y muchos artistas ven en el surf una fuente de inspiración inagotable.

Duke, contigo empezó todo.

Como decíamos, el arte y el surf estuvieron relacionados desde el principio. Los pioneros polinesios que navegaron hacia el norte y llegaron a las Hawaii llevaron consigo su escultura y su arte geométrico, el mismo que hoy ilustra infinidad de tatuajes en medio mundo occidental. En esos primeros días el arte relacionado con el surf era una cuestión de polinesios para polinesios. Nadie más en el mundo sabía lo que era el He’e Nalu y, por tanto, nadie podía crear inspirándose en el noble arte de cabalgar olas.

Todo eso cambió en la primera década del siglo XX cuando las Hawaii pasaron a formar parte de los Estados Unidos. Quedó atrás una época terrible y oscura donde los colonos blancos diezmaron la población hawaiiana y casi borraron por completo su legado cultural. Pero el surf sobrevivió y en esa nueva era floreciente, gente de letras como Jack London o Mark Twain entendieron el valor que poseía. En esa década entraba en la adolescencia una persona que estaría destinada a hacer del surf lo que es hoy: una cultura que abarca el mundo entero. Se trataba de Duke Kahanamoku, el primer waterman hawaiiano, gran surfista y doble medallista olímpico en natación. Él llevó la semilla del surf a California y Australia y consiguió que nuestra cultura trascendiera a los primeros polinesios y se convirtiera en el movimiento global que es hoy.

No fue fácil, quizá ni siquiera intencionado, pero el surf arraigó en las costas de esos dos puntos del planeta y los convirtió en potentes generadores de energía. La cultura del surf acababa de abandonar las pequeñas islas del Pacífico y se extendía a todas las costas a las que llegaba. Y nunca más iba a dejar de hacerlo.

Segunda mitad del siglo XX: el surf art se hizo mayor.

La historia del surf de estas décadas podría resumirse como un paso de la inocencia a la edad adulta. En el camino se perdieron algunas cosas, la mayoría espirituales, pero se ganaron otras como la mejora de las herramientas y la difusión de nuestro deporte.

El arte surfista siguió un camino paralelo. De las primeras tiras cómicas de Severson al arte lisérgico de Rick Griffin o Rietveld, generaciones de surfistas crecieron y vieron como el deporte que antes les unía en pequeños clanes se convertía en algo común. Gente de todo tipo, venida también de tierra adentro, aportaba su granito de arena al crecimiento cultural.

Ninguna de las artes se libró del surf: la pintura, la escultura, la fotografía, el cine, la literatura… no hay excepción. El surf alcanzaba la madurez y, con él, el arte que bullía a su alrededor. Las revistas de surf se hicieron un hueco en los quioscos. El cine de surfistas se convirtió en un género en sí mismo, empezando por el Endless Summer de Bruce Brown y culminando en el Big Wendnesday de Millius. La pintura, la fotografía… en todas partes el surf se colaba como un subgénero y la débil chispa de antaño ardía ahora como un incendio planetario. El surf art ya hablaba con voz propia.

A finales de los 70 un nuevo relampago sacudió el arte surfista. Debido a conflictos como la Guerra de Vietnam, Occidente descubrió las islas ecuatoriales del Océano Índico para el surf y olas perfectas se dibujaron en la imaginación de toda una generación de surfistas. Asia era el nuevo territorio a explorar y el arte no fue inmune a su influencia.

En las siguientes décadas el surf se estableció ya como una cultura mundial y los deportes relacionados con el deslizamiento crecieron a buen ritmo. Desde la nieve al asfalto, pasando por la arena o el aire, cualquier superficie se podía surfear. Los deportes de tabla, lo que los franceses bautizaron como glisse, pasaron a ser el eje de un estilo de vida muy determinado. La autenticidad, la aventura y los espacios abiertos lo definían y no existía nada más atrayente. El gran público ardía en deseos de formar parte de ese estilo de vida y la industria supo aprovechar el tirón.

Se invirtió mucho y las grandes marcas de hoy tuvieron su época dorada. La vanguardia del arte relacionado con el surf recibió un fuerte empujón y dejó de ser una actividad marginal para convertirse en la imagen de lo que cualquier persona quería ser. El boom estaba a punto de producirse.

Del 2000 a hoy: Internet lo cambió todo.

Nacía el siglo XXI y una tecnología que había nacido una década antes pasaba a dominar todos los aspectos de nuestra vida. Internet redefinió a nuestra sociedad y el alcance de cualquier manifestación cultural pasó de ser local a ser global. El arte fue una más de esas manifestaciones y explotó a la vez que su querido hermano gemelo polinesio. El surf art se convirtió en una fenómeno global.

Lo que hemos vivido desde entonces es una emocionante sucesión de bottoms y cut backs culturales. El surf tomó caminos alternativos, algunos completamente divergentes, y se produjo un retorno a las raíces. Las grandes estrellas del surf, los free surfers y con ellos los artistas y shapers, emprendieron un viaje de vuelta a los orígenes. Dejar la presión de los campeonatos, de la profesionalización, y volver al surf como disfrute y como vehículo para la exploración y el viaje interior. Un intento de cerrar un círculo que había empezado siglos atrás en unas islas perdidas en el Océano Pacífico.

El arte también anduvo estos nuevos caminos. La diferencia, el punto de inflexión determinante, es que ahora era posible producir arte desde el anonimato y hacerlo llegar al mundo entero gracias a la Red. Si antes nos llegaba mucho talento pero de contadas personas, ahora el número de artistas era casi inifinito. Y con ellos el número de visiones distintas de nuestro deporte, de discursos, estilos, formatos y técnicas. La explosión fue abrumadora y sus efectos siguen vigentes hoy.

Aquí llega la penúltima parada de este viaje. Hoy el surf art es un mundo en sí mismo que exploramos desde nuestras ventanas digitales cada día, en el que nos sorprendemos y deleitamos, donde el arte y el surf, como al principio, se dan la mano y siguen evolucionando juntos.

Es emocionante tratar de imaginar dónde nos llevará el siguiente camino.


**Este texto fue publicado por entregas en Surfer Rule.

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